Subir al inicio de la página
CONTACTO
Direccion
Dirección Palacio de los Verdugo
C/ Lope Nuñez, 4
05001 Ávila (Ávila)
Concejalía de Patrimonio
 
Telefono
Teléfono 920 35 00 00
 
diseño ziddea
Visitas mensuales2181

Amelia en el Mercado

Había en Ávila un castillo muy grande, con torres, almenas, ventanas, puertas, y muchas… cosas más.
 
Los habitantes de la ciudad estaban muy orgullosos de vivir aquí. Si, si, porque esta ciudad es la nuestra, ¡pero entonces era mucho más pequeña! 
 
La mayoría de los habitantes vivían dentro de este castillo. El castillo eran las murallas. Aquí no entraba nadie, solo los comerciantes que venían a vender las cosas que ellos tenían. Un día a la semana, los viernes, (como pasa ahora), se colocaban los puestos del mercado, unas veces en el Mercado Grande y otras en el Mercado Chico.
 
Las murallas estaba cerradas, tenían puertas, muy grandes, que se abrían todos los días para entrar y salir de la ciudad. Una llave muy grande se encargaba de abrirlas y cerrarlas.  Un portero lo hacía. Los viernes se abrían por la mañana y se cerraban por la tarde, cuando se ponía el sol.
 
¿Pues, sabéis lo que pasó un día? Que el  portero de las llaves tenía una hija, se llamaba AMELIA. Esta niña no iba al colegio, entonces no los había. Ella se entretenía en ayudar en las tareas de casa, jugar con sus hermanos y vecinos, hacer recados que le mandaban y caminar por las calles de la ciudad. Nunca había salido de la muralla.
 
¡Pero un día… su madre le pidió que se acercara al Mercado Grande, ¡Porque era viernes y quería que comprara unas hojas de laurel!
 
AMELIA se puso muy contenta, porque así podía conocer lo que era el Mercado. Su madre le dio una cesta con seis huevos y le advirtió de que tenía que volver a casa antes de ponerse el sol.
 
AMELIA, salió con su cesta por el arco del Mercado Grande, ¡Y se sorprendió de todo lo que allí vio!
 
Había muchos puestos con verduras, frutas, pan, gallinas con pollos, cerdos, velas, perfumes… y muchas cosas más. Ella se paraba en cada sitio y observaba muy atenta todas las cosas.
 
La gente iba y venía, con carros, cestas, alforjas, cajas, etc. A ella le gustaba tocar a los corderos, a los pollitos, olía la canela, la hierbabuena, el orégano…
 
Desde donde ella estaba se veía la muralla, con sus cubos, las banderas, la torre grande del homenaje, ¡pero ella seguía mirando las cosas del mercado!
 
¡De pronto!, en un puesto pequeño, descubrió algo muy rico. A su pequeña nariz le llegó el olor de azúcar tostada. Buscó y buscó, y encontró a una vieja mujer que removía en un caldero pequeño almendras con azúcar. ¡Qué sorpresa! Nunca había olido nada igual. La mujer al verla tan asombrada le ofreció una, y AMELIA rápidamente se la metió en la boca. ¡Qué rica estaba! 
 
Pero sólo era una, ella quería más. Sólo tenía en su cesto media docena de huevos; pensó y pensó, y le dijo a la mujer.- ¿Cuántas almendras me da por un huevo?-. Cuatro - le respondió la mujer-
 
AMELIA le dio dos huevos y la señora le puso sobre una hoja de parra ocho almendras dulces, garrapiñadas.
 
Entonces se acordó del laurel y lo encontró en un puesto de ajos, perejil, apio, etc. y lo colocó también en la cesta.
 
Sabía que le quedaban dos huevos pero no sabía que comprar. Dio una vuelta por los soportales de la plaza y allí se encontró con un puesto de baratijas (bobinas de colores, horquillas, lazos, botones de nácar, etc.). 
 
Y le gustó un lazo verde, que se pondría en su larga trenza, en la feria de septiembre. Le pagó los otros dos huevos al señor y se marchó. Tan contenta estaba con su cesta que no se dio cuenta de que el sol ya estaba escondiéndose detrás de las murallas.
 
Aceleró el paso y se fue hasta las puertas, en ese momento se cerraban, oyó un gran golpe a unos pasos del arco. Gritó. ¡Padre!, pero con el ruido del portazo no la oyó. El corazón se le encogió.
 
Un caballero que llegaba con su caballo, dio un golpe a la puerta y gritó.- ¡Abran a una niña que se ha quedado fuera! Ella a la vez gritó otra vez. ¡Padre!, ¡Padre!
 
Y la puerta se abrió lentamente. AMELIA en cuanto vio a su padre se abrazó a él y, le prometió que no lo volvería a hacer.
 
De vuelta a casa, enseñó a todos lo que había comprado y se pusieron muy contentos. Sus hermanos enseguida se comieron las almendras garrapiñadas.
 
Cuando AMELIA fue mayor, aprendió a hacer las almendras con azúcar y, los viernes salía al mercado a venderlas, teniendo cuidado de regresar antes de ponerse el sol.
 
María Teresa Calvo Jiménez

Leer 637 veces